miércoles, 26 de octubre de 2011

Cualidades del Líder: Carácter


Cómo el carácter genera perspectiva

Génesis 50:15-21

José puso su vida entera en perspectiva en el último capítulo de Génesis. Durante lo más terrible de la hambruna, sus hermanos humildemente fueron a él y se arrodillaron, justo como lo había predicho algunas décadas atrás. Pero en vez de usar su gran poder para castigarlos, les dijo, "Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo" (Gén. 50:20).
¿Cómo es que uno desarrolla tal perspectiva tan piadosa (y extraña)? ¿Qué le permitió a José detenerse de vengarse del mismo modo que la mayoría de nosotros hubiéramos querido hacerlo en circunstancias similares? Sólo hay una palabra: carácter. Al José haber pasado años en el curso de Dios para moldear el carácter, él pudo mantener una perspectiva apropiada y usar su poder para bendecir a sus hermanos en vez de maldecirlos.
La manera en la que el líder maneja las circunstancias de la vida dice muchas cosas acerca de su carácter. Las crisis no necesariamente forjan el carácter, pero sí lo revelan. La adversidad es una encrucijada que hace a la persona elegir entre dos caminos: el carácter o la transigencia. Cada vez que escoge el carácter, se vuelve más fuerte, aunque esa elección traiga consecuencias negativas (¿recuerdas por qué José terminó en la cárcel?) El desarrollo del carácter es primoridial en nuestro desarrollo como líderes.
Si quieres la perspectiva que tiene Dios sobre la vida, entonces asegúrate de desarrollar tu carácter. Es la única manera, así como José nos lo muestra.

jueves, 14 de abril de 2011

No soy dueño de mí.

Yo pertenezco al Hijo de Dios.

Él me eligió en su amor eterno.

Él me hizo para él.

Él me compró con su sangre preciosa.

Él me salvó por su gracia poderosa.

Apresó mi corazón por su misericordia
y me hace rendirme
voluntariamente a su dominio.

No tengo nada para mí.

Soy todo suyo.

Todo lo que ha puesto en mis manos, mi tiempo,
mis talentos, mis bienes, incluso mi familia,
él lo ha puesto en mis manos para dárselo a él,
a su reino, a su pueblo, a su gloria.

martes, 12 de abril de 2011

Respuesta al Reclamo de Dios


“Oíd ahora esto, pueblo necio y sin corazón, que tiene ojos y no ve, que tiene oídos y no oye: ¿A mí no me temeréis? dice Jehová”. Jeremías 5:21-22

¿Por qué Dios me tiene que hablar de esta manera? ¿Qué no me glorío en que lo conozco y que todo el tiempo estoy tratando de hacer su voluntad y enseñando a los demás a obedecer sus mandamientos? ¿Soy tan hipócrita? ¿Tan falso y mentiroso? ¿Tan doble cara y tan farsante? Me dice las cosas de un modo en que lo único que puedo hacer es arrodillarme ante él y pedirle perdón, ¡oh, mil veces perdón!

Perdóname, Señor. Sé que te he fallado. Las cosas que hago y las cosas que digo son completamente opuestas. No hago lo que te digo que haré, ni cumplo con lo que tú me has mandado hacer. Soy un ser que se quiere gobernar a sí mismo, me hecho mi propio dios, el dueño de mi vida, y te he relegado pensando, según yo, que puedo hacer mi vida sin tu poder y tu guía. ¡En verdad que soy un necio! Pues el principio de la sabiduría es el temerte, y eso me reclamas, ¿cómo no voy a temerte? Pero las cosas que hago delatan mi estado de ignorancia, pues si verdaderamente te conociera no estaría pecando de esta gran manera contra ti. Soy un gusano necio que no merece ninguna misericordia tuya, y aún así me diste a tu Hijo. No tengo corazón, mas tú me demostraste tu amor al entregar a tu Hijo por mí en la cruz descargando toda tu ira sobre él para que yo pudiera participar de tu sublime gracia. En verdad que soy un ciego, pues teniendo ojos no he captado tu gloria; no he cambiado mi manera de vivir porque no he mirado tu hermosura todavía; estoy cegado por las tinieblas de este mundo y cada vez crece más y más la oscuridad. Tengo oídos pero no he escuchado tu voz hablándome y diciéndome que me amas y que me otorgas el privilegio de estar junto a ti; todavía no lo he escuchado, tal parece, pues sigo atendiendo a los engaños y las perversidades del diablo que me son tan agradables.

¡Oh, cuánto te necesito! No quites de mí tu mano, ni retires de mí tu Santo Espíritu, te lo ruego. Tenme paciencia, más paciencia aún. Te lo pido sabiendo que tú quieres que yo me arrepienta de mi mal camino y que vuelva a ti. Que vuelva a confiar en ti. Señor, perdóname, por favor. Abre mis ojos y así veré tu hermosura. Abre mis oídos para comprender tus dichos. No me deseches todavía, Señor. Ten misericordia de mí y oye mi oración. Crea en mi un corazón limpio para que ande en tus estatutos y pueda agradarte y glorificarte con mi vida. Señor, quita toda la maldad de mi corazón y conviérteme en un siervo de justicia. Redímeme, Señor. Redime mi alma y dame paz. Devuélveme la dicha de tu salvación y quita de mí toda perversidad y orgullo que pueda haber, para que tu ira no esté sobre mí y que tus ojos estén en contra mía. Señor, sálvame de tu ira. Concédeme el privilegio de ir a ti. Quiero mirar tu hermosura, déjame deleitarme en tu gloria. No permitas que me deslice aún más en este hoyo de corrupción, sino lávame y vísteme con tu justicia. Señor, te lo ruego. Concédeme esta petición y cantaré todas tus maravillas a las naciones. Hablaré de ti al levantarme y al acostarme. Cuando ande y cuando me detenga, siempre contaré tus maravillas, Señor. Libra mi alma del Seol y líbrame por tu bondad y amor…

¡Oh, gracias fiel y gran Dios!

lunes, 3 de enero de 2011

La Psicología: ¿Un Nuevo Caballo de Troya en la Iglesia?

Por Sugel Michelén


Desde hace algunas décadas, muchos cristianos profesantes han comenzado a poner en duda la suficiencia de Cristo y de Su Palabra para la guía y dirección de la vida cristiana y para enfrentar los problemas del alma, y consecuentemente han comenzado a buscar soluciones en la psicología secular.


Como bien señala el Dr. MacArthur: “Los ‘psicólogos cristianos’ han venido a ser los nuevos campeones de la consejería en la Iglesia. Ellos son ahora proclamados como los verdaderos sanadores del corazón humano. Pastores y laicos han sido llevados a sentir que están mal equipados para aconsejar a menos que tengan un entrenamiento formal en técnicas psicológicas” (J. MacArthur; Our Sufficiency in Christ; pg. 31).


Esto ha venido a ser tan generalmente aceptado que muchos ni siquiera se han detenido a cuestionar si es lícito este maridaje entre la psicología y la religión o si se trata de un yugo desigual con los infieles.


Lo cierto es que tenemos muy buenas razones para pensar que este matrimonio ha venido a ser uno de los más grandes desastres que ha sufrido la Iglesia de Cristo de nuestra generación, y una de las causas principales de la decadencia espiritual de estos días.


A medida que la psicología ha ido avanzando en la Iglesia, en esa misma medida ha ido disminuyendo la predicación y la consejería bíblica; y a medida que la Biblia es relegada a un segundo plano, y a veces en la práctica eliminada por completo, en esa misma medida se ha ido debilitando la piedad de la Iglesia.


El Dr. Ed Payne, luego de haber analizado el contenido de cierta obra “cristiana” de psicología dice: “Tal psicología, presentada por cristianos, es una plaga en la iglesia moderna, porque tergiversa la relación del cristiano con Dios, retarda su santificación y debilita seriamente la Iglesia. Ninguna otra área del conocimiento parece tener un dominio tan absoluto sobre la Iglesia (como la psicología)” (Psico-Herejía; Martin y Deidre Bobgan; pg. 79-80; el paréntesis es mío).


Y el Dr. Vernon McGee, muy conocido por su programa “A través de la Biblia”, escribió hace unos años un artículo titulado “Psico-Religión – el nuevo flautista de Hamelín”, en el que dice lo siguiente: “Si la tendencia presente continúa, la enseñanza bíblica será eliminada totalmente de las estaciones de radio cristianas, así como de la TV y del púlpito. Esta no es una manifestación infundada hecha en un momento de preocupación emocional. La enseñanza bíblica está recibiendo baja prioridad en las emisiones radiales, en tanto que la llamada sicología cristiana es puesta al frente como solución bíblica a los problemas de la vida” (op. cit.; pg. 80).


Es hora de que nos detengamos a pensar seriamente en este asunto. ¿Es la Palabra de Dios suficiente para tratar con los problemas del alma, o necesitamos también la ayuda de la psicología secular? Ese es el tema que quisiera tratar en esta ocasión.


Ahora, estoy consciente de que este es un tema polémico que puede levantar una serie de interrogantes, por lo que me adelanto a hacer una aclaración. Mi punto aquí no es que la psicología no tenga ninguna clase de utilidad, sino que su utilidad es limitada. La palabra “psicología” significa estudio del alma. Pero lo que la psicología estudia realmente es la conducta humana, no el alma. Y sus observaciones limitadas a ese campo pueden ser útiles: en el área vocacional, para detectar problemas de aprendizaje y ayudar a las personas a superarlos, en el área industrial, en la educación.


Pero nuestro foco de atención aquí es el uso de la psicología para tratar con problemas tales como la ansiedad, el temor, la ira, la depresión, la amargura, el descontento, los problemas matrimoniales, los hábitos pecaminosos; para lidiar con estas dificultades la psicología no tiene ninguna solución que ofrecer que no podamos encontrarla en la Palabra de Dios.


Presuponer que necesitamos la psicología para tratar con los problemas del alma es falso, y esto por dos razones: en primer lugar, porque se fundamenta en algunos conceptos erróneos acerca de la psicología; y en segundo lugar, porque limita el alcance y eficacia de la Palabra de Dios.


¿Cuáles presuposiciones erróneas asumen aquellos que se han volcado hacia la psicología para tratar con los problemas del alma humana?

En primer lugar, presuponen que la psicoterapia (el aconsejamiento psicológico con sus teorías y técnicas) es una ciencia objetiva, cuando es en realidad una especie de religión que posee sus credos y sus dogmas, y en los cuales sus adherentes ejercen fe.


Cada día más y más personas, aun en el campo secular, están poniendo en duda, no sólo la capacidad de la psicología para ayudar a las personas, sino también su supuesto ropaje científico. Por ejemplo, el premio Nobel Richard Eynman, dice lo siguiente acerca del status científico de la psicoterapia: “El psicoanálisis no es una ciencia… tal vez se parezca más al curanderismo” (op. cit.; pg. 34).


Y el psiquiatra Thomas Szasz, profesor de psiquiatría en la Universidad Estatal de NY, dice: “No es sólo una religión que pretende ser ciencia, sino en realidad una religión falsa que busca destruir a la verdadera religión” (Ibid; pg. 35)..


La psicología y el cristianismo son dos religiones en pugna. Los problemas con los que lucha la psicología son esencialmente religiosos. Carl Jung, uno de los padres de la psicología moderna, veía la “neurosis” como una crisis de orden espiritual, no como un problema médico.


Lean con cuidado este trozo de una de sus obras, y presten atención a ciertas palabras claves que aparecen allí: ¿Qué deben hacer los terapeutas, pregunta Jung, cuando los problemas del paciente surgen de “no tener amor sino sólo sexualidad; ninguna fe, porque teme andar en oscuridad; sin esperanza porque está desilusionado del mundo y la vida, y sin entendimiento porque ha fracasado en la lectura del significado de su propia existencia?”


El problema que encaran los terapeutas, desde este punto de vista, es el de dar a los pacientes amor, fe, esperanza y entendimiento. ¿No son estos problemas netamente religiosos? ¿Cómo podrá un hombre sin Dios proveer tales cosas a un individuo? Como ven, estamos ante una religión rival que intenta desacreditar el cristianismo.


Esto viene a ser más evidente cuando rastreamos las raíces de las teorías y métodos psicológicos. Al tratar de desentrañar el origen de la psicología nos topamos con tres nombres principales: Sigmund Freud, Carl Jung, y Carl Rogers.


El primero decía que las creencias religiosas son una mera ilusión, y que la religión misma no es otra cosa que “la neurosis de obsesión de la humanidad”. De hecho, Freud atribuía a la religión el origen de los problemas mentales del hombre. Siempre fue un crítico acérrimo de las creencias religiosas.


Carl Jung, en cambio, afirmaba que todas las religiones son positivas, pero imaginarias. En otras palabras, son mitos que hacen bien; todas contienen algo de verdad sobre la psiquis humana y pueden ayudar hasta cierto punto.


Jung veía la psicoterapia como una religión alterna. “Las religiones – decía él – son sistemas de sanidad para las enfermedades psíquicas… Es por eso que los pacientes imponen al psicoterapeuta el rol de sacerdotes, y esperan y demandan de él que los libere de sus aflicciones. En consecuencia, los psicoterapeutas nos ocupamos de problemas que, estrictamente hablando, pertenecen al teólogo” (Ibid; pg. 26; el subrayado es mío).


Jung admite que los psicoterapeutas están invadiendo un terreno que antes era manejado por otros. Ahora bien, no debemos pensar que Jung veía el cristianismo con buenos ojos. No. Jung no sólo repudió el cristianismo, sino que exploró otras experiencias religiosas, incluyendo prácticas ocultistas y la nigromancia, es decir, la comunicación con los muertos a través de un médium.


Lo mismo le ocurrió a Carl Rogers. Estudió en un seminario teológico, pero renunció al cristianismo y se volcó hacia la psicología secular, terminando también en la práctica del ocultismo y la nigromancia.


Y ahora nos preguntamos, estos hombres que repudiaron de ese modo el cristianismo bíblico, ¿realmente tendrán algo que decir a la Iglesia de Cristo acerca de cómo deben vivir los cristianos y cómo deben los hombres tratar con los problemas del alma que Dios creó?

Alguien puede decir: “Bueno, eso depende. Si sus postulados son científicos, entonces no habría ningún problema en servirse de ellos. Un científico impío puede llegar a conclusiones científicas objetivas y verdaderas”. Eso es verdad, pero no en este caso.


Recuerden que aquí estamos hablando de los problemas del alma, y de las soluciones que debemos dar a estos problemas. Los psicólogos no pueden estudiar el alma en una forma científica; ellos se limitan al estudio del comportamiento humano, y en base a esos estudios tratan de determinar por qué la gente se comporta cómo lo hace, y cuáles soluciones pueden dar a sus conflictos.


Pero muchos de ellos ni siquiera creen en la existencia del alma, y una gran mayoría niega la existencia del Dios que la creó. ¿Cómo pueden llegar a conclusiones acertadas en ese terreno? Una cosa es establecer un patrón estadístico de comportamiento, y otra muy distinta pretender explicar el por qué de esos comportamientos, y muchos menos cambiarlos.


Cuando la psicología penetra en ese terreno lo que afirma es pura opinión, pura teoría, pero nada más. Puede ser que en algunos casos, sus opiniones sean de cierta utilidad, pero solo en aquellos caso en que, por la gracia común de Dios, estas opiniones coinciden con las de Dios reveladas en Su Palabra. Pero tales aciertos no deben confundirnos: la presuposición de que las teorías y métodos psicológicos son científicos no es más que un mito. La psicología es una especie de religión, y los que aceptan sus postulados lo aceptan por fe.


El famoso historiador Paul Johnson, en su obra Tiempos Modernos, dice lo siguiente: “Después de 80 años de experiencia, se ha demostrado que en general sus métodos terapéuticos (refiriéndose a Freud) son costosos fracasos, más apropiados para mimar a los desgraciados que para curar a los enfermos. Ahora sabemos que muchas ideas fundamentales del psicoanálisis carecen de base en la biología” (pg. 18).


Y Karl Popper, considerado como el filósofo de la ciencia más grande del siglo XX, dice lo siguiente sobre las teorías psicológicas: “Aunque se hacen pasar como ciencias, tienen de hecho más en común con los mitos primitivos que con la ciencia” (Ibíd.; pg. 55-56).


La segunda presuposición errónea que están asumiendo muchos consejeros cristianos hoy día es que la mejor clase de consejería es aquella que utiliza tanto la psicología como la Biblia. Los llamados “psicólogos cristianos” piensan estar en una mejor posición para aconsejar que los consejeros cristianos, que no son psicólogos, y que los psicólogos que no son cristianos. Ellos creen tener lo mejor de los dos mundos.


El problema con esa simbiosis es que los postulados sobre los cuales se basa la psicología secular se oponen tajantemente a los postulados esenciales del evangelio. Si aprobamos uno de ellos automáticamente desaprobamos el otro. Es por eso que a medida que la psicología ha tomado cuerpo en la Iglesia, muchas enseñanzas falsas han comenzado a infiltrarse también, como por ejemplo: Que la naturaleza humana es básicamente buena, que las personas pueden encontrar respuesta para sus problemas dentro de ellos mismos, que la clave para comprender y corregir las actitudes y acciones de un individuo se encuentran en algún lugar de su pasado, que otros son culpables de nuestros problemas, y así podríamos citar muchas otras cosas más.


En muchos círculos cristianos aún el vocabulario ha sufrido cambios trascendentales. Al pecado se le llama “enfermedad”; el arrepentimiento ha sido sustituido por las terapias; los pecados habituales son llamados adicciones, o conductas compulsivas, de las cuales el individuo no parece ser responsable.


Quizás el ejemplo más palpable de esta distorsión es el énfasis que vemos hoy día sobre la importancia de la auto estima y el amor propio para la realización y felicidad del individuo. Aunque este es un tema muy popular hoy día, en realidad tiene un origen reciente. Hace apenas unos 50 años que surgió fuera de la Iglesia, y desde hace unos 30 años para acá se ha introducido con fuerza dentro de ella, adaptándola de tal modo que parece una doctrina bíblica, basada en textos bíblicos.


Uno de los promotores de esta enseñanza dice lo siguiente: “Nuestra habilidad de amar a Dios y de amar a nuestro prójimo es limitada por nuestra habilidad de amarnos a nosotros mismos. No podemos amar a Dios más de lo que amamos a nuestro prójimo y no podemos amar a nuestro prójimo más de lo que nos amamos a nosotros mismos”.


Y otro psicólogo cristiano escribió: “Sin amor por nosotros mismos no puede haber amor por otros… Tu no podrás amar a tu prójimo, no podrás amar a Dios, a menos que te ames primero a ti mismo”.


Esto parece ser un eco de las palabras del Señor Jesucristo al intérprete de la ley, cuando éste le preguntó: “¿Cuál es el gran mandamiento en la ley?” Jesús le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22:37-40).


¿Está ordenando Cristo a los suyos en este pasaje que se amen a sí mismos, como sugieren algunos psicólogos cristianos? De ser así, no serían dos los mandamientos de los que dependen toda la ley y los profetas, sino tres: Ámate a ti mismo, ama a Dios y ama al prójimo. Y de estos tres, ¿cuál sería el más importante? Obviamente, el amarte a ti mismo, porque de ese dependen supuestamente los otros dos.


¿Pero es esa la enseñanza de ese texto? ¡Por supuesto que no! El mandamiento más importante de la ley no es que nos amemos nosotros mismos, sino que amemos a Dios y a nuestro prójimo. El Señor está presuponiendo más bien que nos amamos a nosotros mismos (aún el que se suicida lo hace porque piensa que estará mejor muerto que vivo), y ahora nos dice: “Con esa misma dedicación, con ese mismo fervor, ama a tu prójimo”.


En la Escritura se habla del amor propio como una obra de la carne, no como una virtud. En 2Tim. 3:1-5 Pablo advierte a Timoteo “que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos”. Por eso el llamado de Cristo a los hombres es a negarse a sí mismos y a tomar su cruz. Cualquier mensaje que enseñe lo contrario no puede ser verdadero, ni mucho menos provechoso. La desgracia de los seres humanos radica precisamente en el hecho de estimarse demasiado a sí mismos y de mirar continuamente dentro de sí mismos.


El hombre sin Cristo ha puesto el “yo” en un lugar inapropiado, y por eso su vida es un caos. Cuando el evangelio llega a nosotros, y nos mueve eficazmente a confiar en Cristo, entonces las cosas caen en el lugar que les corresponde. Nuestro interés primordial no debería ser agradar al “yo” y satisfacer sus demandas, sino más bien vivir para la gloria de Dios.


Como podemos ver, la psicología estudia los problemas del hombre desde una perspectiva completamente distinta a la perspectiva bíblica, y por lo tanto no puede haber una relación satisfactoria entre ambas; una de las dos tendrá que ceder ante la otra. Y tenemos mucha razón para pensar que es la Iglesia la que está claudicando ante el humanismo secular.


Concluyo este punto citando al Dr. MacArthur otra vez: “La ‘psicología cristiana’ es un intento de armonizar dos sistemas de pensamiento intrínsecamente contradictorios. La psicología moderna y la Biblia no pueden mezclarse sin un serio compromiso o un completo abandono del principio de la suficiencia de las Escrituras” (Una Breve Mirada a la Consejería Bíblica; pg. 30).


La tercera presuposición errónea que ha volcado a muchos a buscar ayuda en la psicología es que existen problemas en el hombre que no son físicos, y por lo tanto, no pueden ser tratados por un médico, ni tampoco son espirituales, y por lo tanto, no puede tratarlos un pastor. Son problemas netamente psicológicos o mentales.


Pero esto no es más que un mito. O nuestros problemas son orgánicos, y en ese caso debemos buscar la ayuda de un médico, o tenemos un problema espiritual, y entonces debemos ir a un pastor que trate con nosotros con la Palabra de Dios (por la estrecha interacción del alma y el cuerpo en algunos casos necesitará del trabajo conjunto del médico y el pastor).


Una persona puede tener un problema en el cerebro que le esté ocasionando una conducta extraña o anormal, como la arteriosclerosis, o el Alzheimer; pero tales personas no están mentalmente enfermas. Su problema es biológico y, por lo tanto, debe tratarlos un neurólogo no un psicólogo.


Las enfermedades mentales, si usamos ese término literalmente y no en un sentido metafórico, en realidad no existen, como veremos más ampliamente en otros artículos. El psiquiatra investigador E. Fuller Torrey dice con respecto a esta terminología: “El término en sí es disparatado, un error semántico. Las dos palabras no pueden ir juntas” (cit. por Martin y Deidre Bobgan; pg. 179).


Y el psiquiatra Thomas Szasz, a quien citamos anteriormente, dice: “Es costumbre definir la psiquiatría como una especialidad médica que tiene que ver con el estudio, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mentales. Esta es una definición sin valor, y engañosa. La enfermedad mental es un mito” (Ibid; pg. 181-182).


Esto no es un asunto de semántica meramente, sino un serio error que está causando no pocos inconvenientes en la iglesia de Cristo de nuestra generación. La psicología ha invadido un terreno que no le corresponde, y muchos pastores mansamente han claudicado ante ella.


Cito aquí a Martin y Deidre Bobgan en su obra “Psico – Herejía; la Seducción Sicológica de la Cristiandad”: “La mayor tragedia que produce el nombre erróneo de la enfermedad mental, es que las personas que están experimentando problemas de la vida buscan ayuda fuera de la iglesia. Y cuando piden esa ayuda a un líder de la iglesia, por lo general son (remitidas) a profesionales que se especializan en ‘enfermedad mental’ y ‘salud mental’. Se ha hecho tan fácil enviar a una persona con problemas matrimoniales o de familia a un profesional de la salud mental, como enviar a una persona con una pierna quebrada a un médico”.


Y luego continúan diciendo: “Los problemas de la vida son problemas espirituales, que requieren soluciones espirituales, no problemas psicológicos que requieren soluciones psicológicas. A la iglesia se le ha embaucado para que crea que los problemas de la vida son problemas del cerebro, que requieren soluciones científicas, más que problemas de la mente que requieren soluciones bíblicas… Mientras llamemos ‘enfermedad mental’ a los problemas de la vida, seguiremos sustituyendo la responsabilidad por la terapia” (pg. 185-186).


Nosotros tenemos en la Biblia un manual completo de todo lo que nuestras almas necesitan para una vida bienaventurada que glorifique a Dios. Los médicos deben tratar con los problemas del cuerpo, los cristianos debemos tratar con Cristo y Su Palabra los problemas del alma humana. Decir lo contrario es resucitar la vieja herejía que Pablo combatió en Colosas, que aunque ahora use terminología científica, sigue siendo igualmente errónea y dañina; los falsos maestros de Colosas querían convencer a estos hermanos de que era bueno tener a Cristo y Su Palabra, pero no suficiente; de ahí la advertencia de Pablo en el capítulo 2 de la carta con las que ahora concluyo:


“Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Col. 2:8-10).


Fuente: http://todopensamientocautivo.blogspot.com/

jueves, 25 de noviembre de 2010

Suspirando por Jesús

"Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?" Salmos 42:1-2.

En los últimos días, he estado leyendo algo que escribió un creyente en Jesús, un tipo de lectura del cual me encariñé. Admiro las vidas santas y provechosas de los cristianos, y las miro como las mejores y las más ciertas evidencias de la verdadera fe; y aun amo escucharlos en sus últimos días, observando cómo actúan en la espesura del Jordán. Sé lo que es vivir, pero no sé lo que es morir, y como debo morir, y no sé qué tan pronto será, o qué tan de repente, amo acompañar a otros en el último conflicto, y los observo soportando y venciendo.

Los lechos de muerte son diferentes, incluso los de los verdaderos creyentes. Algunos están llenos de gozo, otros son esperanzadores. Algunos se diluyen suave y sigilosamente, otros luchan hasta el final. Algunos no tienen dudas o miedos, aunque otros son probados por ellos. Algunos gritan victoria, algunos sólo pueden decir "Tengo esperanza". Algunos hablan mucho, otros muy poco. Y este es el caso del buen hombre del cual estaba leyendo, su completa experiencia en su lecho de muerte puede ser comprendida en una sola oración, "¡Estoy suspirando por Jesús!"

Él no estaba suspirando por la vida, ni por tranquilidad, estaba suspirando por Jesús. No puedo dejar de observar que mi vida puede expresar esas palabras, "Estoy suspirando por Jesús". Sí, sí, puedo estar sin riquezas, sin fama, sin la honra que los hombres dan. Estoy contento con lo que la providencia me manda, y muy seguido suspiro, y suspiro profundamente. Algunos creerán que soy infeliz, pero no lo soy. Algunos pensarán que tengo descontento con la situación de mi vida, pero no lo estoy. Aun así suspiro, suspiro muy seguido.

Leí acerca de un ave, la cual fue atrapada y enjaulada, y no dejaba de suspirar, hasta que obtuviera su libertad o muriera. Yo soy de alguna manera como esa ave, y espero continuar suspirando, hasta obtener lo que deseo. He alcanzado a mirar algo de Jesús, y suspiro por tener una vista completa de él. He probado lo dulce que es tener comunión con él, y suspiro por tener su compañía sin interrupciones. He sentido un poco de la limpieza que me fue otorgada por medio de su preciosa sangre, y del Espíritu Santo, y suspiro para tener una limpieza completa, y que sea hecho perfecto y completamente santo. ¡Suspiro por ser exactamente como Jesús! ¡Suspiro para estar siempre con Jesús! Pienso que si fuera como él, y si estuviera siempre con él, dejaría de suspirar. Y creo que nada más podrá detener completamente mi suspiro.

lunes, 22 de noviembre de 2010

El Espíritu

El Espíritu es dado para suplir la ausencia del Salvador y para aplicar en nuestras almas la redención consumada en el Calvario. Su trabajo bendito es el glorificar a Jesús; testificar de él.

A través de su poder somos renovados; santificados; llenos de "todo gozo y paz en el creer" y "abundados de esperanza" con una inmortalidad de gran felicidad.

El Espíritu revela al Salvador en nuestras almas de una manera que lo convierte en alguien extremadamente precioso para nosotros. Él nos muestra...
su excelencia;
lo perfecto de su naturaleza divina, como el resplandor de la gloria del Padre;
su poder, como Creador de todas las cosas;
su sabiduría;
su inmutabilidad;
su eternidad.

El Espíritu nos manifiesta...
el asombroso amor de Jesús por los pecadores;
la maravilla de su encarnación;
la amabilidad de su vida en la tierra;
la pureza sin mancha de su carácter;
los sufrimientos incomparables de su vida;
los frutos de su muerte, resurrección, ascensión e intercesión.

El Espíritu nos muestra que nuestras necesidades como pecador se satisfacen en él;
nos apunta hacia el Calvario, y nos susurra al oído esta alentadora verdad, que tenemos redención por la sangre de Cristo, aun el perdón de pecados.

El Espíritu nos consuela a través de todas nuestras tribulaciones en la tierra, para asegurarnos que nuestras pruebas son ligeras y momentáneas, para perfeccionar su fuerza en nuestra debilidad, para traer a nuestra memoria las preciosas palabras del Señor Jesús, para comunicarnos las cosas de Dios, para levantar nuestros corazones por encima del mundo, y para señalarnos un lugar de descanso y gloria más allá de los cielos; donde la tribulación, la angustia y la muerte, ya no existirán.

Sí, al operar su divino poder en nuestras mentes, nos ayuda para mirar más allá de lo presente; para dirigir nuestra fe más allá de lo que nuestros ojos pueden ver, al hogar de nuestro Padre, y a las fuentes de vida eterna, fluyendo a través de esos dulces campos inundados, la mirada que nos hace anhelar estar ahí, que podamos ver a Jesús como es, y probar su bondad en la ribera de la tierra prometida.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Ese asno sin limpiar eres tú

"Pero redimirás con cordero el primogénito del asno; y si no lo redimieres, quebrarás su cerviz." Éxodo 34:20.

Cada primogénito de cualquier criatura debía ser para el Señor, pero como el asno no era limpio, no podía ser presentado en sacrificio para él. ¿Y entonces? ¿Se le debería dejar libre de la ley universal? ¡De ninguna manera! Dios no hace excepciones. El asno es para él, pero no lo aceptará; él no dejará de reclamarlo para él, pero no se agradará de una víctima sin limpiar. No hay ninguna manera de escapar, sino es por la redención. El asno debe ser salvado por medio de la sustitución de un cordero en su lugar; y si no era redimido, ¡debía morir!

Alma mía, ¡aquí hay una enseñanza para ti! ¡Ese asno sin limpiar eres tú! Tú eres propiedad del Señor quien te hizo y te preserva, ¡pero eres tan pecador, que Dios no va, ni puede, aceptarte! Se tiene que hacer esto, el Cordero de Dios debe ponerse en tu lugar, ¡o tú debes morir por toda la eternidad! ¡Haz que el mundo conozca cuán agradecido estás con ese Cordero sin mancha que murió por ti y te redimió de la maldición de muerte de la ley!

Debe haber habido alguna ocasión cuando los Israelitas se preguntaron, ¿quién debía morir, el asno o el cordero? ¿No debería el hombre detenerse para estimar y comparar el valor de estos animales? ¡Definitivamente no hay ninguna comparación entre el valor de un hombre pecador y el Señor Jesús quien es sin mancha! Aun así el cordero murió y ¡el hombre, el asno quedó libre! Alma mía, ¡admira el infinito e inagotable amor de Dios por ti! ¡Viles gusanos son comprados con la sangre del santo Cordero de Dios! ¡El polvo y las cenizas son redimidos con un precio más alto que el del oro y la plata! ¡En qué condenación estuviera si no se hubiera encontrado redención alguna!

El quebrarle la cerviz al asno era un castigo momentáneo. ¡Pero quién puede medir la eterna ira venidera, de la cual no se vislumbra algún límite! ¡Incalculablemente querido es el Cordero glorioso, que me ha redimido de tal condenación!